Madrugada...18 de diciembre, 2013...
Son tus labios y vos
Este poema fracasado
Rencuentro de dos desconocidos
De dos infantes gemelos en el arte
De crear noches despiertas
Con recuerdos plasmados en escenas
Que piden actualizarse
Y no consiguen boicotear tus certezas.
 
F.B
P/d: Un loco, avasallado, del que no me olvido su cara... ¡Gracias!



¿Qué será?, ¿qué será?, ¿qué será?, ¿qué será, de mi vida, qué será?, si se mucho o no sé nada, ya mañana se verá, y será, será lo que será...

 “…La más bella y profunda emoción que nos es dado sentir es la sensación de lo místico. Ella es la que genera toda verdadera ciencia. El hombre que desconoce esa emoción, que es incapaz de maravillarse y sentir el encanto y el asombro, está prácticamente muerto. Saber que aquello que para nosotros es impenetrable realmente existe, que se manifiesta como la más alta sabiduría y la más radiante belleza, sobre la cual nuestras embotadas facultades sólo pueden comprender en sus formas más primitivas. Ese conocimiento, esa sensación, es la verdadera religión…” – Albert Einstein. 
No sé que misterioso asunto ocultaras,
porque secretamente vienes y vas,
no dejas huellas
pero sé que estás…
Es una copa de lo mejor,
CUANDO SE RIE.

El mito del triángulo sagrado.

El gran señor convocó a todos los elementos de la naturaleza a una asamblea. Iban a decidir si la Humanidad debería permanecer dentro de la Sagrada Sociedad del Cosmos.
Fue el Cielo, excelente mediador, quien habló primero:
-Cómo sabéis, la cuestión a dilucidar aquí es si la Humanidad se merece o no que nos tomemos esta molestia. Por un lado, los humanos hacen cosas buenas, especialmente en el campo de la ciencia y a veces en el del arte; pero, por otro lado, se olvidan con frecuencia de nosotros y de nuestro bienestar. Puesto que cada uno de nosotros desempeña un papel importan dentro del gran orden, debemos determinar qué finalidad tiene que exista la Humanidad. En pocas palabras: ¿necesitamos realmente de los humanos?
-No –dijo el Sol, saltado agresivamente de su asiento en el otro extremo de la mesa-. No les necesitamos en absoluto. Nos hemos apañado perfectamente bien sin ellos durante millones de años. ¡Nadie me puede decir que no he cumplido con mi obligación! Nunca me olvidé de anuncian un nuevo día y de proporcionaros la luz que necesitáis. En mi opinión, no es lógico que perdamos el tiempo con ellos.
Impresionados, todos reconocieron que el Sol había expuesto un buen argumento.
-No tengo más remedio que estar de acuerdo con el Sol -manifestó la Tierra-. Fijaos en lo que voy a decir: los humanos me dividieron en pequeñas parcelas y me vendieron al mejor postor. No hacen otra cosa que poblarme y contaminarme, hasta el punto de que a veces a duras penas puedo respirar –la tierra parecía ahora bastante enfadada-. Y lo que es más: mi nombre, como todos sabéis, es Tierra. ¿Por qué, entonces, tienen que llamarme “basura”?.
A continuación habló la Lluvia:
-Reflexionemos sobre nuestra verdadera misión. Puesto que cada uno de nosotros tiene asignado un papel exclusivo en el universo y juntos nos equilibramos entre sí, ¿por qué no podemos nosotros solos hacerlo todo? Tú, Sol, y tú, dulce Tierra, vosotros disponéis de los poderes de la creación; por tanto, los seres humanos no pueden reclamar para sí esta misión.
-Nosotros también colaboramos con esa misión -resopló el Viento.
-Claro que sí –admitió la Lluvia-, y, cuando se tercia, el Viento y yo también podemos destruir.
-En efecto –dijo el Viento con otro resoplido-, tenemos poderes de creación y destrucción. ¡Somos capaces de hacerlo todo! ¡No necesitamos a la humanidad para nada!
Parecía, pues, que los humanos no tenían nada especial que ofrecer, por lo que en seguida empezó a escucharse un cántico a coro: “Los humanos son unos inútiles, los humanos son unos inútiles…”
-Excepto para una cosa –se oyó una clara voz que procedía del otro lado de la mesa. Era la Luna, cuyos ademanes decididos, aunque apacibles, hicieron que los demás escucharan-: Estáis en lo cierto, amigos míos, cuando decís que somos poderosos y que siempre cumplimos con nuestra misión dentro del gran sistema. Efectivamente, somos nosotros quienes poseemos los secretos de la Belleza y de la Verdad. Pero, a pesar de toda nuestra grandeza, no tenemos el poder del tercer secreto. Sólo los humanos tienen ese poder. Sólo con ellos podría completarse la Tríada. –Y con una voz más apacible todavía, la Luna concluyó-: Ellos tiene la facultad de amar.
Y todos los elementos de la naturaleza se quedaron tranquilamente sentados reflexionando sobre este pensamiento; sabían que la Luna tenía razón.
Y el Gran Señor sonrió.